“Su majestad el vínculo”
- glossacultura

- 8 abr
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Cada persona es única, por eso cada vínculo es distinto. La amistad, el amor, la maternidad y la paternidad son experiencias que se construyen entre dos personas. En cada interacción aparecen las historias personales, las búsquedas, los deseos y los miedos. Estos vínculos se sostienen a partir de encuentros y desencuentros: vivencias que se convierten en secretos. No porque no puedan compartirse, sino porque los lazos entre quienes las atraviesan se profundizan, se tensan y se resignifican con cada situación.
En cada vínculo se comparte algo con el otro y, a la vez, se descubre algo propio. Y eso puede generar conflictos. Porque muchas veces es necesario trabajar de forma individual e interna para aceptar lo que aparece en ese encuentro: aquello que incomoda, que interpela o que rompe con la autopercepción que se tenía hasta el momento. Ese proceso puede ser complejo porque conlleva revisar certezas, reconocer límites y poner palabras a lo que antes era confuso. Para eso, el trabajo grupal es elemental: “Compartir es maravilloso. Porque decís: ´ah, no estoy loca. Y si estoy loca hay muchas igual que yo'”, define la médica psicoanalista Adriana Grande, quien se especializó en el abordaje de la crianza desde una perspectiva vincular, enfocada en las relaciones entre madres, padres e hijos/as y desde 1988 coordina grupos de madres, generando espacios de reflexión, intercambio y acompañamiento.
“Hablando con otras personas notás que es absolutamente normal que al ser madre sientas sentimientos contrapuestos y conflictos internos. Porque siempre está la fascinación por tener un hijo y el fastidio por la demanda incesante que representa un recién nacido que, como dice Freud, es "su majestad el bebé”, dice Adriana y cuenta, también, que es en ese trabajo donde los vínculos encuentran la posibilidad de transformarse. No desde la idea de perfección, sino desde una mayor conciencia de lo que cada uno y cada una puede dar, recibir y construir con el otro o la otra. “Porque vincularse es aprender a habitar la diferencia”, afirma.
Atravesada por su propia experiencia de maternidad y por el deseo de difundir experiencias para romper con la soledad, Adriana trabajó en televisión y escribió tres libros. Uno de ellos se presenta adaptado al teatro con el nombre de “Secretos de un vínculo”, una obra en la que prima lo humano y lo vivencial. La puesta, que cuenta con el trabajo de la escritora y directora Natali Aboud, lleva al escenario una mirada profunda y sensible sobre los vínculos en la maternidad. Para hacerlo, explora las huellas emocionales que atraviesan un grupo de amigas, ahora madres, antes hijas. Se despliegan así, recuerdos, aprendizajes y marcas emocionales que se traducen en acciones. En ese intercambio colectivo, algunas experiencias se ponen en jaque, otras simplemente se observan para comprender mejor el punto de partida.

Mei: La obra nos interpela como sociedad, seamos o no madres.
Adriana: Como sociedad y como hijos. Porque siempre hay alguien cerca que cumple la función materna. Hay un vínculo. Freud decía: “Su majestad el bebé”, nosotras decimos: “Su majestad el vínculo”. Entonces viene mucha gente que no tiene hijos pero se queda reflexionando sobre los vínculos en general.
Mei: En medio de todo eso, el juego. ¿Qué pasa con el juego en la adultez?
Adriana: En la adultez la sexualidad es el juego adulto por antonomasia. Y después está el arte: escribir, bailar, pintar. Usar la imaginación. Y jugar es como convocar al niño en vez de olvidarlo. Se enriquece la vida. Porque sino todo queda en un trámite cotidiano constante que agota, desgasta y vacía.
Mei: Son momentos necesarios.
Adriana: En adultos y niños. Porque cuando llenamos a los niños de actividades les quitamos la capacidad de ocio. En ese ocio, que parece que chicho no hace nada, elabora lo que vivió. Si ese tiempo no está, si solo hay vivencias y no hay espacio para procesar todo lo que sucedió, aparece el estrés.
En los adultos esto se da también en momentos como hacerse un té en la mañana y sentarse a revolver con la cucharita. O caminar, a mí me gusta mucho caminar. Estar un rato con una misma. Escucharse, encontrarse.
Estos momentos están bastante amenazados hoy en día porque estamos en un tiempo en el que el rendimiento es más importante. Pero adultos y niños necesitamos un paréntesis de paz.

Mei: ¿Ese paréntesis es importante para reflexionar sobre las emociones?
Adriana: Y las emociones de la maternidad son un volcán que surge con fuerza cuando una es madre. Hay emociones nuevas. Y se pueden todas decir, aceptar. Y se puede encontrar salida para algunas cosas. Por ejemplo, hay un tipo de madre que es “La madre surtidor” que todo el día da a los demás. Ahí hay un peligro: vaciarse. Pero hay una salida, que es encontrar un momento en el día para tener una pausa, recargar pilas para volver enriquecida para poder dar más y mejor. Es decir, cuando hacés algo para vos no sos egoísta. Estás alimentándote para dar más y mejor. El surtidor no se vacía, se vuelve a llenar.
Carli: ¿Es posible lograr el equilibrio o hay que asumir que siempre una es un poco de una cosa, un poco de otra cosa?
Adriana: Buscar el equilibrio es la utopía: se busca pero el horizonte se va corriendo. De todas maneras, sí, es posible. Porque si vas viendo aspectos tuyos que no te gustan, te transformás. Madurás. En la maternidad y en cualquier vínculo. Si madurás el vínculo evoluciona.
Carli: A la vez, vivimos en una sociedad que constantemente fomenta la competencia y la comparación. Eso se ve en la obra: entre las amigas, entre sus formas de maternar. Sienten miedos, se angustian. ¿Es posible vivir sin compararse?
Adriana: En los grupos de madres la mujer cambia el comparar y competir por compartir. Y pasa que muchas veces, aunque es el hijo de otra persona, sufrís si le pasa algo malo o te ponés feliz si le pasa algo bueno. Entonces se comparte desde lo que están viviendo todas: están queriendo hacer lo mejor para sus hijos. Sin dormir, cansadas. Como pueden.
Carli: Como en la obra
Adriana: Porque la obra está basada en casos reales. Y, sí, ellas no se juzgan, comparten sus debilidades y fortalezas. Incluso las actrices que, estimuladas por el texto de la obra, también contaron sus vivencias y la directora, Natali Aboud, decidió incluir eso en la obra también. Por ejemplo lo del viaje de egresados o lo de las etiquetas de sus infancias.


Carli: En la obra aparecen dos conceptos: lo cóncavo y convexo
Adriana: Es importante pensar en la capacidad que tiene quien ejerce la función materna para recibir las angustias, el caos, y procesarlas para devolver algo distinto de lo que sucedió. Lo cóncavo es que si recibo angustia, devuelvo calma. La calma que un hijo necesita. Y lo convexo es lo contrario: no poder recibir las angustias porque asustan. Es como un frontón de tenis en el que la angustia rebota y vuelve al niño con más intensidad. No hay calma y no hay encuentros.
Mei: Para recibir y convertir se necesitan recursos
Adriana: Los recursos son esenciales porque son los que ayudan a desatar el nudo que se arma de forma constante.
Entrevista realizada por: Carli Mergotti y Mei Kisz
Texto escrito por: Mei Kisz
Edición: Noe Gómez
Fotografías: Gentileza de prensa
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Sobre la obra:
Elenco: Josefina Botto, Jennifer Moule, Bárbara Goldschteiny Emilia Rodríguez Griñó
Autora: Adriana Grande
Adaptación del libro: Natali Aboud
Escenografía: Tribu Estudio
Vestuario: Florencia Tellado
Iluminación: Christian Gadea
Música: Tom Harris
Coreografía: Emilia Tiemroth
Dirección artística y producción: Tribu Estudio y Natali Aboud
Dirección: Natali Aboud
Asistente de dirección: Ma Emilia Ladogana y Carolina Diaz Leguizamón
Producción estratégica: Julieta Hantouch
Diseño Gráfico: Trinidad Viera
Más Prensa: Cecilia Dellatorre y Analía Cobas




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