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“Nos negaron tanto las estrellas que a veces las miramos con resentimiento”

  • Foto del escritor: glossacultura
    glossacultura
  • 23 may
  • 4 min de lectura

El primer libro de Nahuel Arrieta fue una necesidad. Una pulsión. Nahuel tenía cada vez más escritos sueltos y una amiga le insistió para que los agrupe y publique. “Al principio tenía vergüenza: ¿Cómo iba a sacar un libro yo?, ¿quién me iba a leer? Yo veía a la poesía tradicional como un hecho intelectual o de una élite”, dice el escritor. 

Tiempo más tarde, asumió que sacar un libro es un derecho, que su voz merece ser escuchada. Pero como no lograba tener la cantidad de plata que pedían algunas editoriales para la edición, juntó cartones con los que hizo las tapas y consiguió anillar el material gracias a la ayuda que le ofrecieron en el profesorado Pueblos de América, al que él asiste. Así imprimió, armó y comenzó a ofrecer a sus conocidos y conocidas “En la pared, poesía de barro”, su primer libro.

Para Nahuel, publicar fue una necesidad. “Lo comparo con esta realidad habitacional en la que vivimos en la 21 y en todas las villas. La necesidad habitacional hizo que la gente haga la toma inicial de los terrenos para, después, desde ahí construir con elementos precarios que encontraban: chapa, cartón y madera. Y yo, desde mi necesidad de contar, hice mi primer libro de cartón”, explica el escritor, quien durante mayo llevó su segundo libro, “Cosmología Marginal”, a la feria del libro, donde estuvo firmando ejemplares.


Mei: ¿Cómo llegó la poesía a tu vida? 


Nahuel: Siempre estuvo. Todos estamos rodeados de poesía. Porque la cosa no es cuándo llega sino cuándo la podemos detectar. 

Cuando era chico vivíamos acá, en la Villa 21, y todavía estaba cerca la quema. Eran montañas de basura. Y mi viejo me llevaba ahí para cartonear, y buscar cosas para revender. Yo me subía a esa montaña gigantesca de basura y me tiraba pensando que todo eso era un parque de diversiones. Mi primer chocolate Tita lo encontré ahí en la quema, y me lo comí sin tener consciencia de si podía estar podrido o no. Y si bien me daba cuenta de que no había un mango, no era muy consciente de todo el contexto. Creo que todo ese laburo que hicieron mi viejo y mi vieja, y esa intención de que pese a todo siga sonriendo y jugando es totalmente poética. Es poesía pura. 


M: ¿Cómo trabajás el sonido en la poesía? 


N: La murga tuvo mucho que ver. Mi viejo me llevó a participar de Los compadritos de Barracas. Él escribía las canciones y yo veía ese proceso. Cuando mi viejo falleció, frenamos pero al año siguiente decidimos volver con la murga. En ese momento tuvimos que ver quién escribía las canciones y me dijeron: “Mandale vos”. Ahí empecé a interactuar con el decir, con la rítmica. Y eso se profundizó cuando tuve mi primer acercamiento al hip hop. En un momento en el que me había quedado sin laburo me animé a llevar un parlante al tren y empecé a rapear. 

 

M: ¿Qué hay de político en reconocer la violencia y defender la ternura?


N: Nos negaron tanto las estrellas que a veces las miramos con resentimiento. Pero aportar a esa mirada una conciencia crítica, política y poética nos permite pararnos en un plano más tierno. Una ternura que es parte de nuestro ADN. La ternura como acto político que no niega la violencia. Porque una respuesta violenta contra los violentos es hasta necesaria a veces. No le puedo disparar un beso al que me dispara plomo.

Y yo conocí la ternura en un contexto violento, con mi viejo en La quema. El hambre que hace que tengas que ir a buscar un chocolate entre toda la basura descartada es un acto violento. Y la intención que tenía mi viejo en transformar todo eso en un juego para nosotros, para que no sintamos la dramática trompada que nos daba el mundo, es un acto de ternura. Un resguardo entre tanta balacera. 


PLOMO EN SANGRE


Nacer de teta con hambre

con un plomazo en la sangre

por los disparos del Río

entre chapas con alambre

que batallan al enjambre

el amor en muerte y frio

huellas que transpiran barro

masticando los cigarros

y otros vicios que crio

infancias tiran del carro

desdentada cuna de zarro

asusta al medio cuando rio

será santo algún tacho

que en basura arrope al guacho

o será dormir otra noche más en el frio suelo

será bestia con baba y cachos

para algún bondisero facho

este hijo del riachuelo


M: Ahí, cerca del Riachuelo, está el profesorado Pueblos de América. El año pasado lo quisieron cerrar, ¿cómo sigue la situación?


N: El profesorado Pueblos de América tuvo, el año pasado, una amenaza de cierre fuerte de parte del Ministerio de Educación de la Ciudad. El argumento era un cago de risa. Cosas como la baja de natalidad. Pero la realidad es que lo que les molestaba era dónde está ubicado, quiénes y con qué focos dan las clases y quiénes se reciben.

El profesorado nació de manera comunitaria: rifas, donaciones, y la mano de obra que la hicieron los mismos vecinos y desde hace ocho años que funciona. Es decir, surgió desde una necesidad propia del barrio. Y desde ese momento al día de hoy los docentes dan clases ad honorem, porque no hay reconocimiento económico. Lo que sí logramos es que se mantenga abierto y que tenga un reconocimiento propio. Nuestro diploma dice “Profesorado Pueblos de América” y es válido para todo el país. 


M: Tu segundo libro se llama “Cosmogonía Marginal”. Hay un movimiento ahí, traés lo marginal, aquello que está al margen, al centro de la escritura.


N: El nombre del libro viene del querer contar nuestra perspectiva de la creación del universo, una cosmogonía, pero desde los márgenes, con un sentido más nuestro, no tan asociado a esa construcción cósmica que nos cuentan desde la biblia o desde la mitología griega. Porque nosotros tenemos nuestros dioses, santos y rituales. Y no se trata de que una sea mejor que la otra. No es jerárquico el planteo. Sino que tiene que ver con la posibilidad de existencia. No es una cosmogonía pulcra sino que está atravesada por esta vorágine cotidiana que nos condiciona la mirada del mundo y del universo, queramos o no. Y desde ahí construimos nuestra alegría, nuestros rituales, nuestras festividades. Nuestros sentires.  



Texto escrito por: Mei Kisz

Edición: Noe Gómez


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