La patada del camello: volver a las raíces para florecer con más fuerza
- glossacultura

- 11 abr
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Actualizado: 15 abr

Dos manos que se unen. Dos manos de mujeres que se unen. Dos manos de mujeres que se unen mientras una tiembla y la otra permanece fría. Las une el arte, un sueño, la vida y un viaje al exterior que se vuelve un retorno hacia lo interno. Candela es una artista plástica argentina que, al no poder hacer frente a una noticia inesperada, decide escapar hacia Egipto. Pilar es como la música: está en el aire pero solo es apreciable para quienes saben sentir. Ambas se encuentran en el avión para descubrir que siempre estuvieron juntas. Entre ellas se teje un vínculo que no busca respuestas pero las encuentra.
La obra, que tuvo sus inicios en el circuito independiente en 2019, ofrece funciones los jueves cada dos semanas a las 20 horas en el Teatro Premier, ubicado en Avenida Corrientes 1565. Con dramaturgia de Sofía González y Sandra Criolani, las cuales también actúan junto a Federico Ferreyra, y la dirección de Ernesto Nesti Dominguez, la obra propone una experiencia escénica íntima y envolvente, donde lo sonoro permite una puesta minimalista construyendo un universo sensible que captura desde el primer momento. La música original, a cargo de Sebastián Lerena, es una protagonista más: genera climas e interactúa con las actrices.

Las actuaciones se apoyan en una gestualidad precisa y en un trabajo corporal que se evidencia en cada acción, incluso cuando no hay movimiento. La gestualidad exterioriza la crudeza del sentir. En esa construcción, el tiempo se pliega. El viaje deja de ser un desplazamiento físico para convertirse en una exploración de la memoria y de aquello que insiste: un sueño que se siente como una patada de camello. Así, Candela y Pilar no solo se encuentran en un avión, sino en un espacio compartido donde lo real y lo intangible conviven.
Desde lo simbólico, el collar de perlas funciona como puente. Aquello que construyen las ostras para envolver cualquier cuerpo extraño que lastima hasta convertirlo en un objeto precioso trasciende las generaciones. Del mismo modo, las heridas de nuestras ancestras, los abusos, las muertes por abortos clandestinos, la imposibilidad para tomar decisiones, nos duelen en el cuerpo y se expresan y transforman de forma inconsciente y consciente en el arte, en los sueños, en las emociones.
Así, lo íntimo se vuelve colectivo. A partir de una historia particular la obra invita a que cada persona reflexione sobre su historia. La grupalidad aparece en cada cuerpo. Porque el encuentro no es solo con otros seres, sino también con quienes nos preceden y que son parte de nuestro presente. Porque, en definitiva, nadie estaría donde está de no ser por los movimientos, luchas, resistencias y conquistas que vivieron sus ancestros y ancestras. Y eso lleva, necesariamente, a revisar cómo nos relacionamos, como sociedad, con todas esas personas que hoy mayores o ya muertas trazaron con sus decisiones los caminos de la historia.
La propuesta logra sostener el equilibrio entre lo sensible y lo conceptual sin caer en lo explicativo. En su economía de recursos, encuentra una potencia particular: cada elemento en escena parece estar al servicio de una experiencia que privilegia la percepción por sobre la narración lineal. La puesta en escena se compone por dos butacas y las paredes del avión. Allí transcurre el viaje que llega a un destino inesperado: el origen. Porque, a veces, hay que volver al origen para pensar desde otro lugar.
Por: Mei Kisz




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