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El fin de la ciencia: ¿para qué el hombre?

  • Foto del escritor: glossacultura
    glossacultura
  • 15 mar
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 18 mar

Por: Noe Gómez

“El fin de la infancia”, novela de ciencia ficción escrita por Arthur Clark en 1953, presenta un mundo en la que la sociedad humana ha alcanzado un notable desarrollo gracias a la ayuda de una raza alienígena -los Super Señores –. Con ellos, todas las ambiciones humanas han sido alcanzadas, la desigualdad, el hambre y las guerras son cosa del pasado, el acceso a la educación es ilimitado e irrestricto, todo es perfecto, los motivos de disidencia entre hombres ya no existen: sin naciones, credos, memoria histórica, ideales ni costumbres arcaicas, quedan para el hombre la libertad, la felicidad y el entretenimiento.


A lo largo de un prólogo y tres capítulos, Clark desarrolla la relación entre humanos e invasores espaciales. Por medio de una narrativa elíptica, entre saltos temporales, flashbacks e intervenciones premonitorias que datan de aproximadamente un siglo y medio, el autor mantiene al lector en un estado de desconcierto similar al de nuestros pares ficticios, entretejiendo hilos de preguntas y respuestas que sólo cobrarán sentido al completarse la historia. Dos de las incógnitas con las que invita a la reflexión son: ¿Cuál es el fin de los Super Señores? y, ¿Cuál es el costo a pagar por la paz y prosperidad obtenida? A esta se puede agregar una tercera: ¿Quién o qué son los Super Señores?


La cuestión del “¿qué pasaría si…?” es desarrollada de diversas formas, llevada al límite para confrontar al lector con la posibilidad de que la percepción tradicional sobre los milagros de la ciencia está equivocada.  El primer capítulo se ubica en un Planeta Tierra que ha vivido 30 años bajo la guía de los Super Señores. Aunque se hace imposible descubrir la apariencia de estos seres, su naturaleza es develada casi desde el principio cuando Karellen, el supervisor alienígena a cargo del desarrollo humano, menciona “Saben muy bien que nosotros representamos la razón y la ciencia, y por más que crean en sus doctrinas, temen que echemos abajo sus dioses” (p.13). Si la edad de la razón se erigió bajo la creencia de que el progreso de la ciencia era la clave para la libertad y la felicidad humana, los Super Señores serán su justa representación “Los invasores habían traído paz y prosperidad... Pero ¿quién sabía a qué costo?” (p. 18).


La transformación del mundo será el tema del segundo y tercer capítulo. A través de un mundo utópico Clark debate si la razón es el medio para que el hombre alcance los ideales que anhela: Si la ciencia ha respondido todas las preguntas y ha desvirtuado todas las creencias, ¿es acaso el hombre más libre de lo que era antes? ¿Existe algo como una libertad de elección, de autogobierno cuándo no quedan alternativas ni quedan recuerdos de algo distinto a lo actual? La felicidad será el segundo objeto de debate en esta utopía: ¿qué pasará cuando todas las preocupaciones del hombre hayan desaparecido, todas las necesidades sean cubiertas y todas las incógnitas resueltas? ¿Es el eterno ocio y el entretenimiento permanente la felicidad? El concepto de “evolución” será el tercer elemento de discusión: aunque el desarrollo científico lograra conducir a la humanidad a lo que puede parecer ser un estado de “evolución” o “trascendencia” superior, ¿estaríamos hablando del mismo tipo de humanidad que existió antes de la intervención científica?


Las cavilaciones de Ben Salomon, precursor de Nueva Atenas, resonarán en lo que parece ser la preocupación central del autor: “¿No era posible, (…), que a pesar de su enorme inteligencia los Super Señores no entendieran, realmente, a la humanidad y estuviesen cometiendo, con la mejor de las intenciones, un terrible error? ¿Y si en nombre de una altruista pasión por el orden y la justicia hubiesen decidido reformar el mundo sin comprender que estaban destruyendo el alma humana? (p. 109). En este sentido, la novela no sólo es relevante para reflexionar sobre la realidad actual donde la ciencia avanza rápidamente sin considerar las consecuencias, sino que también resulta aterradoramente acertada al ser una obra escrita hace más de 70 años capaz de describir ciertos rasgos típicos de hoy en día “No es raro que los seres humanos se hayan convertido en esponjas pasivas, absorbentes, pero no creadoras. ¿Sabe usted que el tiempo medio que pasa un hombre ante una pantalla es ya de tres horas por día? Pronto la gente no tendrá vida propia.” (p.106).


En resumen, “El fin de la infancia” es una novela de ciencia ficción que, pese a haber sido publicada hace más de setenta años, muestra escenarios que resultan incómodamente familiares y pone al lector a reflexionar sobre las implicancias del avance descontrolado de la ciencia, inducirlo a salir del letargo en el que un mundo gobernado por la comodidad y el entretenimiento parecen haberlo sumido y considerar: ¿a dónde nos llevará todo esto? ¿No estaremos sacrificando nuestra humanidad en el altar de la razón y la tecnología?  “Hoy vivimos en un mundo plácido, uniforme y culturalmente muerto; nada nuevo en verdad ha sido creado desde la llegada de esos seres.” (p. 106)

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