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El grito y el silencio: una obra que expone lo que la historia niega

  • Foto del escritor: glossacultura
    glossacultura
  • 9 may
  • 2 Min. de lectura

Yo también soy Roca. Porque, al igual que a la hija de Roca en “El grito y el silencio”, me negaron una carrera, me pidieron que me cambie el apellido —soy una deshonra para la familia, ¿saben?— y beneficiaron, claro, a mi hermano varón.

Carmen es la hija de Roca. Ella es, en realidad, también Roca. Y promovida por el deseo de una identidad que le han negado, invoca a su padre ya muerto. E Ignacia, la mujer que cuando tenía 14 años fue llevada por Julio Argentino en contra de su voluntad para satisfacer sus deseos sexuales, lleva a escena al Roca de su recuerdo. Muestra aquella voz que la atormenta. Y se vuelve ejemplo de que cuando el poder se ejerce de forma violenta, una internaliza las palabras de otros y las hace cuerpo. La voz propia queda relegada, oprimida. Pero insiste. Entonces incluso cuando la voz es acallada, algo en el cuerpo sigue diciendo. Y ese decir es el que aparece en la obra. 

Así, “El grito y el silencio” se vuelve una obra en tres tiempos: el presente de Ignacia, 1868, el de su hija, 1914, y el 2026 en el que cada persona que asiste a la obra resignifica los hechos. Porque cuando la obra muestra a dos mujeres que luchan por recuperar su identidad, de lo que habla es del devenir de la historia que nos lleva a desmitificar a los hombres que escribieron con sangre nuestra historia y que, para hacerlo, utilizaron y utilizan lógicas de dominación violenta sobre los territorios y los cuerpos.

La obra ficcionaliza hechos reales y tiene como base la investigación de Selva Palomino, quien escribió el texto original. Gracias a esa base realista, "El grito y el silencio" genera preguntas, desnaturaliza, incomoda, abre la reflexión y muestra que la memoria no se apaga y las voces no se callan. Así, se vuelve una obra necesaria que no solo recupera las voces históricamente silenciadas, sino que las colocan en el centro para disputar el relato oficial. Las arranca del margen, las hace dialogar entre sí y las proyecta hacia el presente.

Carmen es Roca. Y también muchas de nosotras: las que heredamos silencios ajenos, mandatos que no elegimos y violencias que se disfrazan de tradición. Unas somos hijas, otras son mujeres poseídas. Los cuerpos y los territorios aparecen como espacios de conquista. 

Y no se trata únicamente de visibilizar, sino de reescribir. De cuestionar quién tiene el poder de narrar y desde dónde se construye la historia. Así, el arte no solo recuerda: interviene. Habilita otras maneras de decir, de recordar y de existir, y abre la posibilidad de que esa historia —que durante tanto tiempo fue escrita por otros— empiece, finalmente, a ser contada en voz propia.



Texto escrito por: Mei Kisz

Edición: Noe Gómez


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Sobre la obra


Funciones: viernes 20:00 h en Andamio 90 (Paraná 660)

 
 
 

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